De esta reflexión abierta e improvisada querría destacar una conclusión personal, y muy útil para mi: si alguna vez me he descuidado dejando asomar la soberbia que supongo común a cualquier ser humano, son más las veces en las que he aprendido y disfrutado del saber de muchos, muchísimos cuadernícolas, y es por ello que, en general, me siento en deuda; felizmente endeudado.
En los últimos días, y por razones que no vienen al caso, son muy pocas, poquísimas, las visitas que hago a mi Jardín de Flores y Capullos, pero eso no impide que recuerde de memoria casi toda la lista de enlaces de Le Mosquito; también recuerdo ahora algunos de los que ya no están, y que alguna vez he visitado a hurtadillas.
Para terminar, comentar que cuando abrí este cuaderno tuve una idea aproximada de lo que pretendía con su publicación. Unas pretensiones mínimas; del tamaño de un ojo de mosquito. Yo quería escribir textos muy breves, sin previa edición, a portagayola y sobre imágenes propias -estas sí, editadas- elegidas a boleo y en el momento de publicar una entrada. Pensé que así me alejaría de un producto elaborado, evitando conservantes y colorantes, y la verdad es que en muchos casos me sentí satisfecho -que no pagado de mi mismo- de descubrir en esta especie de desorden aspectos que desconocía sobre mi persona, actitudes y aptitudes. Con el tiempo me he alejado de esta idea, pero no me ha dolido lo más mínimo, ni me han bailado anillos en los dedos -no uso-, pues una idea es un punto de partida, y no un libro de estilo; mucho menos un axioma.
Muchos abrazos y mi más sincero agradecimiento para quienes, en estos dos años, pasaron y pasan por aquí; por esta especie de cuaderno Guadiana que aparece y desaparece a capricho de las circunstancias, y en el que seguiré publicando cuando y cuanto me apetezca.
Lo he pasado y lo paso de puta madre con esta experiencia, y con todas las que he descubierto a partir de ese instante que SUCEDIÓ EN ABRIL.





























